Jacques Vaché inventa(ria)do por André Breton


 
Por encima de toda esta vida vuela irremediablemente el hastío,
el hastío con su pico, garras y alas.
“Jacques Vache” por LUIS CERNUDA



Uno de los cuadros más conocidos de René Magritte – Ceci nést une pipe – nos recuerda que lo que allí contemplamos es únicamente la representación de una pipa. No he conocido forma más categórica de mostrarnos la diferencia entre la realidad y los acontecimientos y personajes de una obra artística, sea pintura, novela o teatro. Platón calificó de mentira la literatura y desde entonces cada autor establece con sus lectores un acuerdo tácito, un contrato vergonzante al que han dado en llamar ficcionalidad. Ambas partes saben que lo que allí se cuenta no es verdad, pero que tampoco es mentira. La literatura no es otra cosa que una máscara. Da lo mismo quien se esconde tras ella, no nos interesa el enmascarado, nos interesan sus obsesiones convertidas en construcción imaginaria. El discurso poético suspende la pretensión de decir la verdad, es otro mundo, otra dimensión, verdad y mentira no tienen sentido en él, salvo para un hombre: Jacques Vache , cuyas Cartas de guerra son tanto un “yo” ficticio como un “yo” real.

Aquella mañana de agosto no quise salir de la sala. Es una habitación pequeña, oscurecida por las contraventanas entornadas, que se ha convertido en el refugio de mi espíritu acogotado y a un tiempo mi dormitorio, cocina y retrete. Allí tengo mis objetos más valiosos. Sobre un aparador un jarrón de cristal contiene dos rizos de cabello atados con cintas de raso, testimonio de cada uno de los cumpleaños compartidos con Rosa de Jaén, la cantante española con la que mantuve mi segundo matrimonio virgen. A su lado, en una cajita de palisandro tallado guardo las uñas de mi padre. Cuando murió, fue vaciado siguiendo la técnica descrita por Heródoto, se le extrajo bofe y bandujo y se rellenó con vino y semillas aromáticas, de modo que parecía un gran pavo abarrotado de castañas. Coloqué la momia delicadamente sobre su cama, hacía pensar en una libación demasiado copiosa. Desde el fallecimiento nada perturbó mi calma, salvo las uñas paternas. A los pocos días me percaté de que habían crecido. Me apresuré a practicar la manicura, que dominaba desde que trabajé en las Divisiones Suicidas Belgas clavando estaquillas de bambú bajo las uñas de los detenidos reacios a colaborar. Corté el exceso, limé las puntas y limpié las cutículas. Una semana más tarde las uñas volvían a estar impresentables. Durante meses corté y guardé en la cajita las rebeldes excrecencias paternas, pero al borde de un ataque de nervios, acabé trasladando el muerto al desván. Ese día apareció Breton. Desde entonces no me atrevo a salir del aposento. Fuera, en algún lugar de la casa, está Breton, el surrealista que gobierna los relámpagos, los truenos y la locura. A ratos oigo sus pasos, luego el silencio, una carcajada, un pedo.

Mientras contemplo una cucaracha que se escabulle por una grieta del pavimento pienso que los momentos más importantes de mi vida los tuve como observador.  En la vida los sentimientos llegan por sí mismos, contra nuestra voluntad. Nuestra voluntad da nacimiento a la acción dirigida a la satisfacción de un deseo. Si logramos satisfacerlo, un sentimiento nace de forma espontánea. Pero un sentimiento — deseo, odio, amor — sólo es consciente en la medida en que encuentra el medio de definir su objeto.

MIS CONTRADICCIONES

Hedonista

Doy satisfacción a mis impulsos siguiendo el ejemplo de Dionisio en Las Bacantes, que privando de razón a las mujeres de Tebas, las sume en un estado de enajenación mística contra su voluntad: “Yo las he aguijoneado fuera de su casa, enloquecidas y con la mente enajenada habitan en el monte, las he obligado a llevar el atavío de mis orgías” (Esquilo) ¿Voy a ser más pundonoroso que un dios? ¿Voy a comedir mi lenguaje y a mesurar la ordinariez de mis gestos?

Estoico

En la doctrina estoica el varón virtuoso, que es el hombre sabio, debe mostrarse desprovisto de pasiones. Me desarraigo, rompo las ataduras terrenales, pensamientos débiles, deseos débiles, tan humanos que los rechazo. Aspiro a ser penetrado por el demiurgo, materia informe y caos del que se nutre la poesía. Ser la novia en su noche de bodas, que embargada por el deseo del universo se siente objeto del amor, receptáculo de amor, y quiere gritar en la agonía interminable de su copula con la divinidad.

Místico

El místico es un ebrio, un borracho de fe, yo soy un místico de la poesía. En la noche escucho la carcajada del mundo y tiemblo, desnudo y hermoso anhelo ser poseído por ella. El dominio de las pasiones por la vía purgativa de la ascética, acercarse a la santidad. Quiero que los demás perciban mi “olor a santidad”, transpiración corporal intensificada por la abstinencia.

Castigué mi cuerpo con cilicios y disciplinas, mortifiqué mi carne, apetecía ser sodomizado por el Arte, ofrecido a Él como Abraham en el pelado monte ofreció de victima a su hijo. Tender mi cuerpo sobre la pira, dejar que el brillo del acero cumpla con su rito. “Un ser sólo es vulnerable en el punto en que sucumbe, una mujer bajo la ropa, un dios en la garganta del animal sacrificado” (Bataille). Me siento como una herida abierta de la que mana sangre, hago un extraño ruido al respirar, mi garganta ha sido seccionada, soy la víctima entregada a un dios fanático. Me he arrancado la máscara, ya no soy persona, soy el cordero que bala en agonía. El arte habita en mí, es la ignorancia amada. 

André Breton es un pobre idiota.

Amor, ya te avisaré cuando hagas falta… convicción de que soy un hombre capaz de todas las bajezas. Ponerse así, a cuatro patas, es una cosa transcendental.

Apocalipsis urbano, de Metrópolis a Acrópolis




Hipodamo de Mileto fue el primer urbanita de la historia, el primer hombre que soñó recuperar en la polis el paraíso perdido. Para este griego el universo tiene su reflejo en lo urbano, el día y la noche, el sol, la luna y los planetas, todo lo grande y lo chico caben en la ciudad. Hipodamo realizó el primer planteamiento urbanístico de la historia, concibió las calles que se cruzan en ángulo recto, las manzanas rectangulares, la morfología urbana. Con el tiempo la ciudad llegó a ser un laberinto mágico y mítico. Ciudades reales y ciudades literarias. La ciudad sobre la que se interroga Geroge Perec en Especies de espacios: “Una ciudad: piedra, cemento, asfalto. Desconocidos, monumentos, instituciones. Megalópolis. Ciudades tentaculares. Arterias. Muchedumbres. ¿Hormigueros? ¿Qué es el corazón de una ciudad? ¿El alma de una ciudad? ”

La ciudad en construcción simbólica, la que habitamos y la que soñamos, la sensual y la literaria. En algunos momento de la historia este sueño se ha quebrado, la ciudad se hizo perturbadora y no existe ninguna novelación utópica que no haya situado su sociedad ideal en comunión con la naturaleza. Quizás porque las utopías surgen en momentos de profunda crisis social. El norteamericano Henry David Thoreau, en 1854, conmocionado por la guerra de su país contra Méjico escribió Walden. Este hombre, pionero en la desobediencia civil, narra la vida en un bosque alejado de la civilización. La novela más popular de Aldous Huxley, Un mundo feliz, fue escrita en 1932 como consecuencia del gran crak que sobrevino tras la Primera Guerra Mundial. Y la Segunda Guerra Mundial alumbró 1984 de Orwel y Walden Dos del psicólogo B.F. Skinner. Comunión con la naturaleza porque las utopías, siendo emplazamientos sin lugar real, mantienen con el espacio real de la sociedad una relación general de analogía como nos enseñó Michel Foucault (De los espacios otros). Thoreau, un filósofo que siente la naturaleza como una experiencia vital; Skinner, un científico de la conducta humana y Huxley, un humanista, necesitan alejarse de la ciudad para construir la sociedad en armonía con la naturaleza. La ciudad es demasiado perturbadora. Pero nosotros buscamos la Metrópolis de Fritz Lang o las calles de Los Ángeles en Blade Runner, no la ciudad-estado de Platón en La República y menos La ciudad de Dios que imaginara San Agustín. Queremos ser habitantes de una ciudad como Estridentópolis, multitudinaria, absurda y estridente en aquella percepción letrada de los estridentistas mexicanos liderados por Manuel Maples Arce o viajeros en cualquiera de Las Ciudades invisibles que ideó Italo Calvino y, por qué no, en una ciudad continua, uniforme que va cubriendo el mundo, megápolis constituida por infinidad de micrópolis conectadas por autovías virtuales.

“Ya no hay plazas en las que convergen las calles,
Ya no hay calles empedradas que relucen bajo la lluvia,
Ya no hay jardines delante de las casas,
Ni setos de espino blanco que las separen,
Ya no hay casas con tejas de color naranja,
Ya no hay chimeneas que humean de otoño a primavera,
Ya no hay vecinos,
Ya no hay aceras”
Ciudades imaginarias © JEAN-LUC OUTERS

Ciudad espacio, espacios habitados por cuerpos. Texturas, red por la que los cuerpos se desplazan. La naturaleza que podemos ranaturalizar o desnaturalizar es la ciudad que podemos construir o descontruir, el cuerpo que podemos lacerar, aniquilar o regenerar. Metrópolis, necrópolis, ciudad de vivos, ciudad de los muertos. La muerte es el destierro de la ciudad a esa otra ciudad extramuros. Cuerpos urbanos que no desean sino la belleza y la juventud eterna. Una estética del desvestimiento, cuerpo vacío, obsceno, cuerpo muerto. La necrópolis es la ciudad que no queremos habitar. Allí se está solo, alejado, no de los otros, sino de sí mismo. Suprimir, exorcizar, matar la muerte.

Un hombre gris avanza por la calle de niebla;
No lo sospecha nadie. Es un cuerpo vacío
© LUIS CERNUDA

Literatura Especular

“Los espejos y la paternidad son abominables porque multiplican el número de los hombres” es cita de Borges o dicho de otro modo: la mímesis es abominable. Si desde la impostura no podemos imitar a la naturaleza, nos queda la posibilidad de una ‘mímesis ficcionada’, la intertextualidad, el juego de las referencias literarias, esa red de relaciones ocultas que refieren unos textos a otros anteriores y éstos a su vez a otros, texto de un texto de un texto... El poeta Masoliver Ródenas dijo que “un texto sólo tiene interés si detrás o debajo o donde sea hay otro texto, y debajo otro texto, y otro texto. Mejor es el texto inicial, más textos revelará” (Retiro lo escrito) y Genette es aún más tajante: “...la utopía borgiana de una literatura en transfusión permanente -percusión transtextual- constantemente presente en su totalidad y como Totalidad, en la que todos los autores no son más que uno, y en la que todos los libros son un vasto Libro, un solo Libro infinito. La hipertextualidad no es más que uno de los nombres de esta incesante circulación de los textos sin la que la literatura no valdría ni una hora de pena”. (Palimpsestos)

Eduardo Berti con la novela "Todos los Funes", se plantea encarnar la máxima borgiana: “Para uno de esos gnósticos, el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables porque lo multiplican y lo divulgan” (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius). Comenta Berti que el disparador de su novela fue la lectura de un comentario de Cortázar. Preguntado por la razón de que hubiese bautizado a varios personajes de libros diferentes con el nombre de Funes, contestó que la recurrencia estuvo motivada por un simple olvido. Olvidar, dejar de tener algo presente en la memoria, contrarréplica del más famoso de los Funes, aquel Funes el memorioso, de Jorge Luis Borges, que “Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho”

Jean Yves Funès, hijo de una francesa y de un tanguero argentino, acude a Lyon para participar en un congreso de literatura organizado por Michel Nazaire, un antiguo compañero de cátedra. En la ciudad francesa se verá obligado a aceptar que la suya es una existencia construida sobre la impostura, una impostura que empieza por su propio nombre. “(…) el apellido de mi padre era Funes (...) pero él no fue a anotarme al registro cuando yo vine al mundo, sino que lo hizo mi abuela materna, la francesa (...) y por más que mi padre deseaba bautizarme Juan Carlos Funes o Juan Alberto Funes, o algo por el estilo, ella me puso Jean Yves, en homenaje a su difunto esposo (...) y allí mismo alguien, a lo mejor mi abuela o con seguridad el empleado del registro civil, le adosó a mi apellido ibérico ese acento, por excelencia francés” Este falso Funes, haciendo cierto aquello de que somos el nombre que nos nombra, descubrirá que tampoco es medio argentino. Poco antes de morir su madre le confiesa que su padre verdadero fue un español llamado Villarreal. “Que me había engendrado a espaldas de Funes (...) Que siete meses después de mi nacimiento, tras una feroz disputa, ella le había contado a Funes que yo era hijo de Villarreal. Que al saber esto Funes se había enfurecido y tomado el primer barco que zarpaba para Sudamérica”

Tanta impostura se cobrará su precio cuando conozca a Marie-Hélène, la que será su mujer. La falsedad actúa como un esterilizador del intelecto en Funès y posiblemente también en el plano biológico; el matrimonio no tiene hijos. Ella, una estudiante veinte años más joven que él, optó por los estudios que Jean Yves Funès impartía subyugada por el peso literario de su apellido. “Conocía el cuento de Borges, aunque no frase por frase como yo, y le había tentado la perspectiva, fueron sus palabras, de tener como profesor a una especie de pariente de aquel hombre tan memorioso” Su falso apellido se convierte en el eje fundamental de la relación con Marie-Hélène. Al poco de casados Marie-Hélène le propone escribir un libro donde mostrar las correspondencias ocultas, la corriente subterránea, que relaciona a todos los Funes de la literatura. Desde ese momento sabe que nunca confesará a la mujer que ama la impostura de su apellido. Ella muere creyendo que ha compartido su vida con un verdadero Funes.

“Los espejos y la paternidad son abominables”, o dicho de otro modo: la mímesis es abominable. Si desde la impostura no podemos imitar a la naturaleza, nos queda la posibilidad de una ‘mímesis ficcionada’, la intertextualidad, el juego de las referencias literarias, esa red de relaciones ocultas que refieren unos textos a otros anteriores y éstos a su vez a otros, texto de un texto de un texto... Todos los Funes no admite una lectura unívoca, unidireccional, logocéntrica, canónica y platónica. Berti exige una lectura que actualiza un texto hecho de literatura de la literatura. Y entonces en la novela se corporeizan todos los Funes, los varios de Cortázar, el de Quiroga, el de Borges, el de Roa Bastos, el de Bioy Casares, y toman la forma física de un médico, un editor, un abogado especialista en plagios, cuyos rostros son alarmantemente parecidos. La novela se hace mosaico especular de El pájaro mosca de Roa Bastos, de La meningitis y la sombra de Quiroga o las Noticias de los Funes de Cortazar, relato en los que dos personajes secundarios, Nazaire y Wilkinson, profesores de literatura latinoamericana, investigan la recurrencia del apellido Funes.

Como hipotexto a la novela de Berti muy probablemente esté el oratorio de Humberto Costantini, "Háblame de Funes" o la película de Raúl de la Torre, "Funes, un gran amor", las vivencias del pianista de una orquestita de tango en un salón de baile y prostitución. Refiriéndose a su novela ha afirmado Berti que Todos los Funes hunde sus raíces en la literatura que se mira a sí misma para hacer literatura.

El libro Todos los Funes que nunca llegaron a escribir Jean Yves y Marie-Hélène encuentra su reflejo en el libro Todos los Funes escrito por Michel Nazaire, el profesor de literatura amigo de Funés y organizador del congreso literario. “... le mostró un libro que proclamaba en su cubierta Todos los Funes y más arriba, en minúsculas, llevaba el nombre de Machel Nazaire. Funès tragó en seco y le arrebató el libro. Luego se sentó en la cama y se puso a hojearlo: era el libro que él y Marie-Hélène nunca habían escrito, pero lo desconcertante no era eso, era que en las últimas páginas se leía "impreso en febrero de 2010" y más aún, que en la primera había una dedicatoria: "A la memoria de Jean Yves Funès”

La novela de Berti nace de la afirmación y negación simultánea de todos los Funes literarios, es texto construido como absorción y transformación de otros textos, mosaico especular. Estos Funes latinoamericanos me han recordado a los Fabios castellanos, nombre usado reiteradamente por los escritores hispanos de los siglos XVI y XVII tanto poetas como prosistas. Fabio es la encarnación de los más variados personajes y, en muchas ocasiones, incluso encarnación del ‘Yo poético’ del artista.

Lope de Vega dice que ‘son muchos los Fabios que aman a Lucinda’ y Fabio participa en sus Novelas a Marcia Leonarda. María de Zayas, protofeminista en aquel lejano S. XVII saca a Fabio en sus Desengaños amorosos y Quevedo retrata a Fabio llorando la ausencia de Belisa:

me llamares, iré gozoso a verte,
y Fabio gozará en tu paraíso.

También a Fabio se refiere Lupercio Leonardo de Argensola en varios de sus sonetos:

Y Fabio, en el umbral de Tais tendido,
con vergonzosas lágrimas lo baña
debiéndolas al tiempo que ha perdido.

Y sor Juana Inés de la Cruz:

Pues estoy condenada
Fabio a la muerte, por decreto tuyo,
y la sentencia airada
ni la apelo, resisto ni la huyo.

Pero sin duda el Fabio más conocido sea el de La epístola moral a Fabio de Andrés Fernández de Andrada:

Fabio, las esperanzas cortesanas
prisiones son do el ambicioso muere
y donde al más activo nacen canas.

Fabios y Funes o Funes y Fabios son flechas orientadas hacia un corpus literario anterior, bisagra que sirve de engarce entre textos de autores diferentes. Mediante una absorción y transformación de otros textos, de los que a la vez es relectura, acentuación, desplazamiento, haciendo cierto aquello de Bajtin de que ‘todo texto vale lo que vale su acción integradora y destructora de otros textos anteriores’. De esto sabía mucho Borges, él nos probó cómo lo esencial del arte es su carácter de artificio. Cuando Pierre Menard en el cuento de Borges acomete la ímproba tarea de escribir el Quijote, no el de Cervantes, sino un Quijote propio que coincidirá en todo con el de Cervantes, está poniendo en juego esa labor de construcción y destrucción: “No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una trascripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran palabra por palabra y línea por línea con las de Miguel de Cervantes”

Ficción, literatura se reproducen en los espejos. Escribo que escribo, metaliteratura, un tejido de citas solapadas, enmascaradas, que recogen gestos anteriores de otros escritores, literatura reflejada sobre sí misma, que quizá existe porque, como dice Jean Yves Funès citando a Roa Bastos, ’El azar no existe, el azar está porque existe el olvido’.

Grafías sobre la pielde Sarduy


En los teatros del barrio chino, en los papiros del diario Granma, en la biblioteca José Martí se aprestan los escribas a trazar los signos de la obediencia, dictados del orden alfabético sobre la hoja en blanco. Enfrente un hombre tatúa su cuerpo con la afilada punta de una plumilla, su cuerpo relato travestido a la literatura, fetiche de lo que se muestra y lo que se oculta, metamorfosis del escritor transfigurado en texto literario.

Hicieron de nosotros cuerpos convertidos en proletarios del capitalismo, cuerpos glorificados como templo de Dios, cuerpos stajanovistas al servicio de la revolución… hicieron de nosotros cuerpos privados de su lenguaje natural: el gozo. Somos zombis en una novela que ya nadie escribirá. El visitante es el muerto. El conjunto de textos que componen “Escrito sobre un cuerpo” de Severo Sarduy es una fascinante invitación a reconocer la literatura como un arte del tatuaje que establece una relación de semejanza entre el corpus literario y el cuerpo humano, entre la piel y la página en blanco. Si toda literatura busca seducirnos mediante recursos estilísticos, los goces del lenguaje son la metapoética del erotismo.

En su obra el texto es un cuerpo deseante, en la idea que expresa Roland Barthes en “El placer del texto”. La página en blanco es el desnudo cuerpo virginal en el que la pluma abrirá una herida. El tigre tatúa con sus zarpas la piel de un joven sudoroso, salta la sangre como un chorro de tinta que dibuja corcheas de una música intransitable. Estamos entrando “en el paraíso de las palabras”, la utopía del lenguaje. No se puede matar el lenguaje, ni la ley ni el cuchillo acaban con él. La escritura es un arte del tatuaje y el tatuaje el arte del simulacro, de lo que oculta la piel bajo los grafos de la tinta. En “Del rigor de las ciencias” Borges nos enseña como lo que se simula no es pero se parece a lo que es cuando la geografía se cubre con un mapa que la sustituye: “...En aquel imperio, el Arte de la Cartografía logró tal perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba todo una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia” La cartografía del texto literario se superpone sobre la vida real, la escritura es el hiyab o el burka que cubren el rostro de la rebeldía, prótesis, máquina tal vez deseantes, pero los policías de las bibliotecas se deslizan rápidos entre los anaqueles para ordenar el caos. La cultura del aerobic y la letrina no soporta una escritura que metaboliza el orden para parir el monstruo, el mutante, porque una de las tareas más fatigosas de la cultura oficial ha sido mantener los géneros literarios que Sarduy aniquila. El monstruo es un problema para la humanidad o como escribió el poeta: “Cuerpo con cuerpo: las pieles se aproximan y se alejan entre espejos que reflejan su deseo. No develes la imagen -esos laureles fenecen-; no te aconsejo confiar en ese reflejo, porque ese doble perverso te revelará el reverso: hueso con hueso, pellejo”

Un teatro de masas


A Yolanda Colome, como respuesta a una entrada de Crazy Xarela.

La muerte de Kim Jong-Il nos ha permitido asistir a un espectáculo impresionante, el teatro transcendiendo a la vida pública y convirtiéndose en reflejo de un duelo de Estado. Decía Nikolai Evreinov, dramaturgo y gran director de escena ruso: “El público necesita de la fantasía, no del naturalismo; una imagen del objeto, no el objeto; una representación del acto, no el acto como tal. Todo teatro es una especie de mentira y, precisamente por ello, ahí reside su peculiar esencia. El teatro posee su realismo propio que nada tiene que ver con el realismo de la vida” La puesta en escena por la muerte de Kim Jong-Il es un ejemplo de teatralidad excesiva, coral, de masas, por ello nos desborda, desacota nuestros límites, marcados por la racionalidad y el equilibrio Occidental ante la muerte, y ese exceso nos provoca un profundo malestar. En Corea hemos asistido a lo más parecido a lo que debía ser una tragedia griega, cuando los mitos clásicos estaban todavía vivos y la compasión y el miedo se apoderaban de los espectadores, sumiéndoles en una gestualidad participativa con el dolor del héroe.

En 1920 Evreinov puso todo su esfuerzo creativo en el espectáculo “El asalto al palacio de invierno” con motivo del tercer aniversario de la revolución de los bolcheviques. En aquella teatralización participaron más de diez mil actores y el público asistente superó los cien mil espectadores, que motivados por la intensidad del drama se sumaron a la acción en el momento de asaltar el palacio. En la misma línea unos años más tarde, 1927, Serguei Eisenstein recrearía el mismo espectáculo en su film “Octubre”. Los grandes movimientos de masas teatrales han sido siempre del gusto de los totalitarismos políticos. Otro dramaturgo soviético, en este caso también comisario político, Anatoli Lunacharski, que oriento las políticas artísticas hasta el advenimiento del realismo socialista, impulsó la realización de gigantescos espectáculos de masas hasta que el alto coste económico limitó su realización. El llanto por Kim Jong-Il se alimenta de la misma sustancia moral que aquellos espectáculos corales de la Rusia soviética.


Se nos presentan los plañidores como consumados actores trágicos. Resalta la teatralidad del acto de plañir el dolor ajeno como un espectáculo de cruel actuación dramática, pero esos hombres y mujeres que gimen desgarradoramente en las calles y plaza de Pyongyang se representan a sí mismos, la suya es una representación vívida del dolor propio por la pérdida del guía espiritual, tiene la virtud de transmitir a todos sus participantes valores que de otra manera quizás pasasen desapercibidos, de los que se podría dudar. Esa representación plañidera es una pieza didáctica destinada tanto a los actores que en ella participan como a los espectadores del resto del mundo. El pueblo coreano se implica en un proceso propedéutico en el que asume un papel activo, sufre y se desgarra, borrando los límites de una contemplación pasiva de la muerte del gran padre. Hemos asistido a un espectáculo de dimensiones colosales.

El tiempo


La frase de Heráclito: “Unus dies par omni” (un día es igual a todos) solo es válida si el hombre no ha reflexionado sobre el curso de su tiempo vital. ¿Qué nos desvela y qué nos oculta el tiempo a lo largo de la existencia? El tiempo posibilita la existencia del hombre y el hombre hace posible el tiempo, curiosa paradoja. Hombre y tiempo son uno para otro, pero que mal avenidos están. Hay quien no logra desprenderse del pasado, se aflige de él como de una pérdida, trata de mover hacia atrás la rueda de la vida como si pudiera recuperarse lo perdido. Para otro, lo único importante es el presente, quiere vivir a la altura de su tiempo, saciarse con cada instante. Y todavía queda el que mira fascinado al futuro, el que le gustaría salir al paso de lo venidero para controlarlo de antemano. Si cada hombre vive el tiempo de un modo diferente, no puede ser un día igual a todos. El que vive el tiempo realmente siente que el presente se interioriza y no teme al futuro inaprensible, porque en frase de Sartre el tiempo futuro es promesa de “lo que yo tengo que ser, y al mismo tiempo, puedo no serlo”

Muchos poetas nos han ofrecido su modo de sentir el tiempo, pero hay unos breves versos del guatemalteco Luis Alfredo Arango que nos transmiten con sabiduría la fuerza engullidora del tiempo.

“Llegué siempre tarde
y me sigo nutriendo
de urgente futuro
de tiempo inexplorado
de riesgos y esperas
como si fuera cierto
que renacieran los días”

Antonio Machado sintió el tiempo como pocos poetas, unos versos suyos hacen añicos el pensamiento: "Mientras que existo, la muerte no existe; cuando llega la muerte, yo ya no existo" El poeta, que espera la muerte descansando de la vida a la vereda de los caminos sorianos, entona:

"Al borde del sendero un día nos sentamos.
Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita
son las desesperantes posturas que tomamos
para aguardar... Mas Ella no faltará a la cita"

ESPACIO URBANO Y LITERATURA


La ciudad cobra vida literaria, se convierte en un personaje más del relato por obra del genio literario de Balzac. En «Papa Goriot» de 1834 el joven Eugène de Rastignac, un provinciano ingenuo, acude a París para labrarse un futuro, y la ciudad infame termina despertando en su alma la crueldad de un predador. Finaliza la novela con una escena de espectacular dramatismo, ejemplo del talento de Balzac para la tragedia. Rastignac concluye de enterrar al anciano Goriot, pagando la tumba con dinero de su bolsillo, pues sus hijas se han desentendido del viejo. Desde lo alto de la colina de Montmartre vuelve los ojos a París, que se extiende a sus pies, y dirigiéndose a la ciudad amenaza: “¡Ahora nos veremos las caras!”

Gracias a Balzac la literatura había descubierto un nuevo espacio por cuyas calles, plazas y bulevares pronto ostros escritores como Gogol, Dickens o Dostoievski, sacarían a pasear a sus personajes, pero, lo que es más importante, Balzac había demostrado que un espacio físico puede ser el personaje principal de una narración. Ya en la concepción aristotélica encontramos definido el espacio como el lugar físico en que tiene lugar la acción, la topografía de la historia narrada, pero ello es superado por Balzac al concebir el espacio no sólo como el escenario donde se mueven los personajes, sino como protagonista, erigiéndose en el elemento estructurado de la trama.

El experimento literario más interesante sobre el espacio son las obras de George Perec, “Especies de espacios” y “La calle Vilien”. El primero, a caballo entre el ensayo y la novela, es un intento por definir qué es y qué entendemos por espacio. La segunda es un verdadero «tour de force» de la palabra como creadora de espacios. Desde el 27 de febrero de 1969 hasta el 27 de septiembre de 1975, Perec visitó anualmente la calle Vilien y anotó con el celo de un notario los cambios que se habían producido en ese espacio urbano.

«Nuestra mirada recorre el espacio y nos da la ilusión del relieve y de la distancia. Así construimos el espacio; con un arriba y un abajo, una izquierda y una derecha, un delante y un detrás, un cerca y un lejos» (Perec). Si unimos esta definición del espacio con su contingencia literaria: «El espacio es una duda, tengo que delimitarlo sin cesar, lo tengo que designar, nunca me pertenece» vemos que CONSTRUIR Y DESIGNAR son categorías del espacio narrativo, el autor es el arquitecto que levanta un espacio y le otorga existencia desde el momento en que le nombra, el autor convertido en demiurgo que mediante un acto de enunciación explícito corporeiza un espacio.

En «Fragmentos del Apocalipsis» asistimos al milagro arquitectónico de la construcción de una ciudad gracias a ser designada por la palabra de Torrente Ballester:

«He nombrado la torre, y ahí está. Ahora, si nombro la ciudad, ahí estará también. Entonces digo: catedral, monasterio, iglesias, la universidad, el ayuntamiento, el palacio del arzobispo; y digo rúas, plazas, travesías, la carrera del Duque, el callejón de los Endemoniados, el pasaje de Vai-e-ven; digo: columnas, pórticos, bóvedas, ángeles, santos, profetas, volutas, pilastras, pináculos»

Es el nacimiento de Villasanta de la Estrella, referente de Santiago de Compostela, hecha real por la palabra del autor. Para el lector inmerso de los «Fragmentos del Apocalipsis”, la ciudad real, evidente, tangible es Villasante. La narrativa ha trabajado desde antiguo con el trastrueque de los planos temporales relacionados con los personajes, sin embargo apenas con la distinta percepción que del espacio tiene cada uno, percepción cambiante según su punto de vista y perspectiva.

Uno de los proyectos culturales más interesantes sobre el espacio fue obra de la Internacional Situacionista con los postulados de un urbanismo lúdico. La «deriva» fue su práctica más interesante. Frente a la novela de viajes para el descubrimiento de espacios exóticos la deriva propone el viaje a los lugares cotidianos de la vida diaria. Así nacen las guías psicogeográficas, que estudian el efecto que el espacio produce sobre las emociones y el comportamiento. Una psicogeografía es un mapa compuesto por fragmentos de una ciudad relacionados de forma aleatoria, buscando la emotividad, es un espacio físico de las emociones. Un mapa psicogeográfico tiene las cualidades que demanda Jean Baudrillard en «Simulacros» con referencia al espacio topográfico de la cultura: «El territorio ya no precede al mapa; ni lo sobrevive. A partir de ahora, es el mapa el que precede al territorio».

En la novela la psicogeografía del espacio ha de ejercer una acción sobre las emociones de los personajes, debe corporeizarse en el relato, adquirir la importancia que le corresponde, y que nunca es inferior al uso del tiempo por el narrador, por eso Todorov creó el concepto de cronotopo, una dinámica de intercambio entre espacio y tiempo. El espacio construido puramente de lenguaje, la construcción de un espacio físico a través de una construcción verbal, la representación del espacio como imágenes que se corporeizan en lenguaje es un hallazgo de la novela moderna que ofrece territorios aún por descubrir.

Fotos: "La gran familia", de Jorris Martinez y "Cochecito quimérico", de Julien Martinez

DÍPTICO CON CUERPO DENTRO

Para Gissele Mosto

LA MUJER TEÑIDA

Los caballeros las prefieren rubias, dijo Howard Hawks, ese bastardo que en Hollywood repetía en con sumisión un viejo discurso cultural. El rubio es el signo de la excelencia. ¿Por qué lo rubio es hermoso? En Occidente las mujeres aspiran a ser rubias. El artificio de los tintes permite la veleidad de estos cambios. El deseo está ahí, ardiente, es vano todo intento de desterrarlo, pero, ¿sobre qué objeto se proyecta? ¿Se desgarra sobre una rubia cabellera o simplemente cede a ritos mundanos? Puesto que tengo razones (una, dos, tres mil quizá) para gustarme esto o aquello, por qué he de acomodarme a lo que otros preconizan como hermosura. En belleza cada hombre debe crear su código según convenga a su propia historia. ¿Fue Baudelaire un iluminado cuándo escribe el poema «A una dama criolla»?: «la brune enchanteresse a dans le col des airs noblement maniérés» Besaría el cuello de esa “morena encantadora” que el poeta describe noblemente amanerado. Este proyecto es loco, porque la mujer morena es un imposible. ¿O es que los poetas nos mienten?

«Tiene crecidos cabellos
Y tan bellos
Como finas hebras de oro»

Así describe Juan de la Encina en un poema a su amada. ¿Dónde encontró este diacono una hembra rubia en la España del siglo XV?

«o claros ojos, o cabellos d’oro,
o cuello de marfil, o blanca mano”

Y el que ahora habla es Albiano, rústico pastor, relatando la hermosura de Camila en la Égloga II de Garcilaso de la Vega, lugar por donde merodean venturosos pastores de hablar refinado y cuya moza de corral, en lugar crespo y africano el cabello y la tez morena y curtida por el sol, es blanca como el marfil y rubia como el oro.

«Los cabellos que veían con gran desprecio al oro
como a menor tesoro.
¿Adónde están, adónde el blanco pecho?

El sujeto amoroso de Garcilaso tiene la facultad de oscurecer el oro en su presencia. No se trata de proporcionar una explicación coherente de lo visible, sino de utopías que están a la vez en el lenguaje y fuera de él. Lo que pretenden los poetas es purificar su discurso. ¿Es todo lo que desea el poeta un mechón, una crencha rubia de la amada? Vano afán por alterar la imagen de la mujer latina. ¿O es que el otro se altera si se presta a los juegos imaginativos de aquel que detenta el verbo? Hasta el Marqués de Santillana, don Iñigo López de Mendoza, mitad poeta y mitad guerrero, por querer quiere a sus hijas rubias, cuando describe sus cabellos.

«Rubios, largos, primos, bellos,
según doncellas de estado»

Tanto idealismo rubio debía estrellarse contra la realidad de una mujer de tez oscura y cabello moreno. La fórmula de los poetas es peligrosa, no es un objeto amado idéntico al sujeto que ama, sino esa insuperable fisura que las palabras crean en la realidad, herida por la que se cuelan, simulacro de ídolos, los fantasmas del ideal imaginado. Escribir es conservar la esperanza de transgredir la norma, movimiento mismo de la decepción.

LA MUJER TROCEADA

Juan de la Encina, bachiller en Leyes, describe minuciosamente cada una de las partes del ideal femenino, esa de frente reluciente, orejas bien parejas, pulida y bien medida la nariz, coloradas como rosas las mejillas, rojos como de fino coral los labios y los pechos, ¡ay los pechos!, altos y grandes los pechos y no estrechos, muy blancos. Todo rematado por esos cabellos de fino oro.

Tras teñir de rubio a la mujer amada, los poetas se afanan a trocearla como res en la carnicería. Miguel de Cervantes, o su alter ego Don Quijote, se apresura a describirnos a su amada Dulcinea: “sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve”

También Fernando de Roja en La Celestina coloca el género sobre el mostrador para deleite de los mirones. Nos presenta a su Melibea: “Los ojos verdes rasgados, las pestañas luengas, las cejas delgadas y alzadas, la nariz mediana, la boca pequeña, los dientes menudos y blancos, los labios colorados y grosezuelos, el torno del rostro poco más luengo que redondo, el pecho alto, la redondez y forma de las pequeñas tetas…?”

Tanta anatomía, toda esta chacinería de carniceros, toda esta descripción propia de un libro de ciencias naturales, la amada disgregada, dividida, segmentada, desunida, desarticulada y finalmente ficcionada: cabellos, ojos, labios, frente, orejas, manos, pechos y cada una de estas partes descrita morosamente, son las fantasías de un cirujano poeta.

Es pecado ver el cuerpo desnudo de la amada. Cuando la Iglesia prohíbe desnudar el cuerpo femenino el deseo masculino escudriña por separado cada una de sus partes y luego la imaginación reconstruye el mapa objeto del deseo. Así el poeta no ve a la mujer que tienen a su lado, a la amiga, la compañera, la novia, la esposa, la madre de sus hijos, ven anatomía idealizada.

Francisco Petrarca en su «Rime sparse» nos venda los ojos, nos excluye de la contemplación del cuerpo desnudo de Laura, la desnudez es pecado, pero sin embargo nos permite deleitarnos con la minuciosa descripción de cada una de sus partes anatómicas, cuerpo desprejuiciado, sin inhibiciones ni vedas, cuerpo desnudado, ofrecido en unidades al paladar de los mirones, como los volúmenes de una enciclopedia:

El gesto ardiente nieve, la crin oro,
las cejas ébano, y los ojos soles,
por los que al arco Amor no ha errado el tiro.

La mujer es así desvestida conservando sus ropas, la mirada de Petrarca, antaño idealista, se tiñe de lujuria, se apodera de cada parte de su amada hecha fetiche y se recrea en su contemplación. Escrutar el cuerpo amado, explorar el cuerpo del otro, imaginar lo que no se ve, ver más allá de lo que las vestiduras velan, pero no de un modo realista, ese ha sido el empeño de la poesía amorosa. Despedazamiento del cuerpo femenino para luego reconstruirlo como una letanía. La palabra describe el sujeto amoroso como una pulsión, su presencia en el texto es como un fetiche inalcanzable, lo que se desea se lleva al teatro anatómico de una disección, la pluma es el bisturí. Disección es sensualidad

«La novia desnudada por sus solteros», Marcel Duchamp nos convirtió en máquinas cuando creíamos ser voyeur tensados por la sensualidad del ser contemplado. Nosotros permanecemos célibes, somos los solteros que nunca desnudaron a su novia de cabellos morenos, recatada frente a aquella de cabellos como soles, dientes como perlas, labios como el coral, mejillas como rosas, cuello como alabastro, hetaira.

PALABRAS PARA ANTONIO CISNEROS


Amigo, hoy caminé sobre el mar. Vinieron a la orilla los niños, los perros y los pensionistas, almas culpables de inocencia. Olfateaban el aire, hacían castillos en la arena y me pidieron un milagro para celebrar la eucaristía. Aquella tarde caminaron los involucionistas, se maquillaron los libros de contabilidad y los panes y los peces construyeron un hospital para desahuciados.

Los milagros son contrarrevolucionarios, gritaban los guerrilleros en la sierra y los sindicalistas en las fábricas
Los milagros son peligrosos, repetían los manes de la bolsa, los profetas del librecambio y el Papa que vive en Roma.

Un oso hormiguero es un ejercicio de antropología o un himno al trabajo, en la tarde entona un canto ceremonial para los pobres de la tierra, para los que se visten con hambre y almuerzan desamor. Un oso hormiguero es la esperanza de los hombres, alimentándose de nada y engordando de presunción. Cazar un oso hormiguero es un ejercicio de vanidad, gime y os puedo jurar que he visto una lágrima temblar en sus ojos. Sus ojos iguales a los nuestros, su panza como la nuestra, atravesada por la angustia de la vida.

Fue en Lima, Perú, hace ya muchos años. Los hombres buscaban la ballena por las calles, en los merenderos, a la sombra fresca de los parques, en el agua mansa de las fuentes. Querían repetir el mito de Jonás y los desalienados, habitar el vientre tibio del cetáceo, allí, en las vísceras, construir un hogar y habitarlo con sus hijos, con su esposa y todos sus abuelos. Los poderosos de la tierra les gritaban que volviesen, pero ellos querían acomodarse en el vientre blando y apestoso de la ballena. Ayer caminé sobre el mar, amigo, y estaba solo. Vino a verme Moby Dick y Melville me preguntó por ti.

Revolución


La mujer que recita salmos se beatifica todas las tardes en la iglesia con el párroco, con el ángelus, con el Regina Coeli, y reza deseosa de una santidad que no alcanza. Un adolescente bello como un animalito salvaje se cortó las uñas, se afeitó las cejas y las pestañas y sabiéndose desdeñado emasculó su virilidad. La mujer que canturrea himnos revolucionarios, cuando llega la noche se esconde en sus aposentos y lentamente, muy lentamente, se quita la ropa, lúbrica, lasciva, dejando su piel blanquísima a la codicia del aire. Le gusta imaginar que es una virgen de Pedro Berruguete, y se palpa un seno macizo, cargado de leche, que mama un infante moreno como el betún. El joven crece y es un mozo de musculosa erección, un adusto hombre, un anciano decrépito, la muerte. La mujer que entona nanas cada noche mece la cuna donde se acurruca el desengaño, sabe que es su momento y por ello pinta sus labios de carmín, deja junto a la ventana una vela encendida y aguarda, no tardará en llegar el deseado. Un viento sulfuroso, un gran cuesco agita las cortinas y una nubecilla de infraseres tocan gaitas y bandurrias cuando hace su aparición el señor de los deseos. Alto y enjuto de carnes, rostro ajado de varoniles llorinas, bellosas las quijadas y en los ojos las ojeras del que mucho ha vivido. Hombre al cabo, revolucionario al fin.
ELLA.- Te fuiste y me quedé sola en el nido de la desolación, sola en las tinieblas del pecado mortal , en el frío palacio de la Bolsa, donde los corredores se apuestan la suerte del mundo. No sabes cómo añoraba el sonar de tu osamenta.
EL.- En un sueño me vi caminando y calzaba botas de buen cuero, y vestía pantalón de lona y camisa rayada, y cubría mi cabeza con boina en la que brillaba una estrella de plata. De trecho en trecho las gentes me gritaban, y era un héroe, un guerrillero victorioso, un revolucionario iluminado. ¿Sabes tú algo de eso?
ELLA.- Calla, amor mío, la habitación está cerrada y nadie vendrá a buscarnos. Olvida esos sueños, deja que se alejen como a las banderas de un escuadrón en retirada. Y sígueme hasta el lecho, dame la mano, busquemos el cobijo de las sábanas.
EL.- ¡Aparta! Pues son sudarios, no sábanas, tienen olor de muerte, olor de ángeles y vómitos.
ELLA.- Mi amor, bailemos enlazados, que nos envidien los timoratos, los piadosos, los reaccionarios contrahechos. Bailemos el baile de la rosa roja y la libertad.
Inmisericorde, hambrienta, le conduce hasta el lecho.
Ora pro nobis entonan los infraseres y los doctores de la Santa Madre Iglesia y el Papa que vive en Roma cuando los enamorados culminan su encuentro bajo las sábanas. Y el gran libro de los mártires por la fe cristina, los muertos por la revolución, los sacrificados por el mercado libre y la hacienda pública estrena con góticas letras su primera página, orlas blancas de amor por la contabilidad del hombre, multinacionales del hambre y la opresión.
Golpes en la puerta, sonar de sirenas, focos de luz que iluminan la fachada de la casa y se pasean por las paredes tratando de descubrir a los amantes. ¡Abran a la policía!, gritan fuera. Los servidores de la Ley mascan mescalina, LSD, peyote, y aman a la mujer barbuda. Son cosas de la vida. Duérmete mi niño, duérmete mi amor… Ya lo sacan de la casa, ya lo llevan desposado, la noche está metida en agua y yo, de pie sobre el puente, oigo el silbato de una locomotora que se aleja. Ya nadie recuerda la noche en que la Revolución sedujo al hombre y le ganó la vida en una partida de cartas marcadas.

La bomba atómica de Franco




Madrid, ciudad cachonda y revolucionaria, vivía el asedio de las tropas franquistas. Los madrileños, gentes con las tripas llenas de juerga y la cabeza de filosofía, resistían heroicamente. Pero una mañana el viento barrió las calles con la mala noticia, los falangistas habían pedido a Mussolini una bomba con la que aarrasar la ciudad.
El centurión Carletti llegó de Roma trayendo en la cartera los planos de un arma capaz de acabar con todas las guerras. La “macchina infernale” la había bautizado “Il Duce”, impulsor del invento. Comenzaba el asalto final a Madrid.

Rataplán, rataplán, retumbó el tambor y el pelotón echó rodilla a tierra. ¡Apunten!... La descarga hizo estremecerse al sargento Matanzas. Nunca se acostumbraría a aquellas ejecuciones sumarias de bolcheviques. Se santiguó según el catecismo de los tribunales militares. Servía a las órdenes del coronel Bragas, por el que profesaba un respeto reverencial además de un amor loco por su hija Adalinda, moza fea, pero de férrea virginidad. Matanzas no medía más de metro y medio, pero le había dado la naturaleza una espingarda temida en los burdeles de España, hasta el día en que se enamoró de Adalinda. Tras el disparo se aproximó al cuerpo caído y viendo que el muerto le guiñaba un ojo con intención de hacerle alguna confidencia, se alejó por temor de que le acusasen de confraternizar con el enemigo. “¡Carajo, lo que aguantan los rojos!”, pensó. Se incorporó el muerto y tras sacudirse el polvo de la ropa enfiló hacia Madrid, donde le aguardaban los milicianos deseosos de conocer nuevas de la “macchina infernale”.

La castidad de Matanzas, dispuesto a respetar la honradez de su amada, amenazaba un holocausto de poluciones y solamente su acendrada fe católica frenaba que ciertas manipulaciones hicieran brotar un mar de lava en sus calzones.

Unos días mar tarde, cuando las tropas franquistas sitiaron el Paraninfo Universitario, la castidad de Matanzas fue puesta a prueba. El italiano, convocado por los generales franquistas, había preparado su diabólica invención, un cohete peniforme, que asolaría Madrid no dejando piedra sobre piedra. Situó el artilugio en la Casa de Campo, donde había instalado el alto mando su cuartel y la “macchina infernale” fue lanzada contra la Villa, donde los madrileños, jugando al tute, aguardaban angustiados su hora final. Una nube de humo envolvió al alto mando franquista, el proyectil del centurión italiano hizo dos graciosos bucles en el aire y fue a estrellarse entre las piernas de Matanzas, con gran triquitraque verbenero y olor a chamusquina. Cuando se disipó el humo todos pudieron ver que la explosión había levantado la colosal espingarda del sargento, que cargada tras meses de castidad lanzó sobre Madrid una espesa y blancuzca sustancia en cantidad tal, que cubrió la ciudad. El italiano desapareció tras el fracaso, pero Matanzas fue elevado al rango de héroe por los generales franquistas. Madrid, pringoso, resistió al grito de “¡No pasarán!”. El general Franco, al conocer la noticia, reunió en Burgos un comité de teólogos para dictaminar si era moralmente lícito emplear tales armas de destrucción masiva, aunque fuese contra rojos depravados.