Delicuescencias



HOLMES

Siguió el rastro con meticulosa diligencia, esperaba resolver el misterio de la palabra desaparecida, hasta que el rastro le llevó a la palabra “Fin”

BUENAS PRÁCTICAS

Aquel era un hombre honrado. Acuciado por la necesidad de sus hijos entró en el supermercado y robó una barra de pan. Fue condenado a cadena perpetua por haber matado el hambre.

MEDITACIÓN EN EL MUSEO

Lo más sorprendente de los pintores inmortales es que todos están muertos.

Esperando a Beckett

ESPERANDO A GODOT

Estas líneas son una pequeña reflexión sobre una de las obras literarisa que más ha marcado mi visión del arte, que durante décadas ha sido la candela que alumbró mi camino y el viento que impulsó mi amor a la literatura.

Se alza el telón. El escenario no comunica, no emociona, no augura nada. Una carretera en cualquier lugar. Y un árbol, no un árbol magnífico, el esqueleto sarmentoso de un arbolillo seco. Dos hombres entran en escena, tan vacíos de fe y futuro como el decorado. Su existencia no tiene más sentido que esperar a alguien llamado Godot. Y esta vaciedad marca un punto culminante en la literatura, un antes y un después. El autor escribe la obra de teatro para ser representada,  el sentido de ese "para" exige la presencia de un público. Quizás por eso el teatro es el género literario menos leído. La consecuencia es que el texto dramático se convirtió en muchas ocasiones en mero pretexto de la acción teatral. Ya lo vio Roland Barthes cuando escribe en sus Ensayos Críticos:  "¿Qué es la teatralidad? Es el teatro sin el texto, es un espesor de signos y sensaciones que se edifica en la escena a partir del argumento escrito, esa especie de percepción ecuménica de los artificios sensuales, gestos, tonos, distancias, sustancias, luces, que sumerge el texto bajo la plenitud de su lenguaje exterior".

Becket con su Godot creó un nuevo público. La necesidad de mentir ha creado la retórica. La necesidad de creernos las mentiras creó el teatro. Declamatorio, retórico unas veces, visceral y sangrante otras, el teatro ha marcado el canon occidental. Cuando Occidente apuesta por el nacimiento de la nueva tragedia que Nietzsche vaticinó y por la que Antonin Artaud se evisceró, en los años en que la escena europea apuesta por las nuevas máscaras: Joseph Svoboda con su "Linterna Mágina", Jerzy Grotowsky con su laboratorio de "teatro pobre", Peter Brook con su "espacio vacío", se estrena en Paris "Esperando a Godot". Una sola pieza dramática ha bastado para situar a Samuel Beckett en la cumbre de la dramaturgia occidental de todos los tiempos. Crea Beckett un universo autocontenido, que solo se refiere a sí mismo, y refleja la situación límite del hombre contemporáneo, su incapacidad de comunicarse con el lenguaje, palabras gastadas por el uso, vaciadas de humanidad, porque como dice en una atmósfera patética Hamm, otro personaje beckeriano, "nada es más cómico que la desventura". Lo que más me impresiona de Beckett, de Esperando a Godot, es que con un lenguaje muerto, en el siglo de la teatralidad y no de la palabra, del actor y no del rapsoda, devuelve al teatro todo el valor del texto, de la oratoria, del lenguaje frente al cuerpo. Con una sola obra Beckett consigue empalidecer la dramaturgia de Ionesco, Genêt, Adamov o Dürenmatt, por poner ejemplos brillantes de sus contemporáneos, y no lo hace mostrando verdades últimas, sino palabras devaluadas, tan insignificantes que rozan la frontera del silencio y tan trágicas, que hiriendo el corazón de la Tragedia nos mantienen en los territorios del arte puro, sin metafísica, sin ideología, pura libertad. "Es preciso decir palabras, mientras haya palabras, es preciso decirlas hasta que ellas me encuentren. Nunca me callaré", dice el personaje de El Innombrable. Leer "Esperando a Godot" es una comunión con el arte en su grado más puro.

4 Microrrelatos

PROHOMBRE

Desde niño quise ser un genio, uno de esos grandes hombres que admira la humanidad. Aspiraba a parecerme Vincent Van Gogh sin la locura; a Ernst Hemingway sin el alcoholismo; a Ludwig van Beethoven sin la sordera; a Pablo Picasso sin los millones. Según crecía me fui librando del orgullo, la vanidad, la soberbia, porque son pasiones que turban el intelecto de los grandes hombres, pero también de la bondad, la sencillez y la humildad, porque son debilidades incompatibles con un triunfador. Hoy me miré al espejo y vi que si me afeito la barba no queda nada. Lamentablemente los espejos no han aprendido a aplaudir.


PAN
Aquel era un hombre honrado. Acuciado por la necesidad de sus hijos entró en el supermercado y robó una barra de pan. Fue condenado a cadena perpetua por haber matado el hambre.


CANIVALISMO
Tengo un sueño extraño. Me han cortado las piernas, los brazos, la cabeza, que flotan en el dormitorio. Alguien a mi lado susurra, se están repartiendo mis miembros Despierto aterrorizado, envuelto en un sudor frío. Me palpo las extremidades y no las encuentro. Oigo la voz de mamá, que me llama desde la cocina. Está preparando el fiambre para el desayuno. 



RECORTES JUSTIFICADOS
"¡Ay de mi, que amo las escarolas con aceite, el salutífero brécol y la enamorada alcachofa y detesto la carne casquivana, con su estremecimiento de placer avieso!", clamaba el hombre lobo, al que exhibían en una jaula en la plaza del pueblo durante la festividad del santo patrono. Lo transportaron en andas las Hermanas Sibilinas, entre jaculatorias y credos para alejar la tentación del pecado carnal. Aquella mañana lo habían pillado rondando la huerta del convento, famélico. Tomás de Torquemada, un hombre piadoso, ordenó que por su bien le consumiese el fuego de la hoguera. Luego se retiró a terminar un tratado moral sobre los peligros de la carne y las virtudes de la dieta vegetariana.

Un vampiro en Madrizzz…



El claro de una plazuela alumbrado por la luz anémica de una farola; es un barrio enamorado de su desdicha. La mala suerte viaja en taxi y las desgracias se tienden a orear en las ventanas. Madrid, años tantos tras la crisis. Las sombras se han adelgazado por el hambre y la esperanza usa bufanda. Un hombre se desliza contra el muro de las casas, el rostro demacrado atestigua que solo se alimenta de aspirinas y mala leche. La huelga de ganaderos ha puesto a Drácula al borde de la anemia. Es el último fantasma real de una España expresionista en blanco y negro. Acaba de abandonar su catafalco en busca de trabajo. La fachada del Teatro Price, temblona y desmemoriada, tiene un feroz apetito de artistas nuevos. Por su puerta han entrado atléticos militares, contorsionistas diputados en Cortes y hasta algún enano que llegó a presidente de gobierno. Pero el público, con feroz apetito, exige constantemente nuevos espectáculos. “¿Qué sabe hacer?”, le pregunta el director con guasa. “¿Beber sangre? Eso está muy visto, acabo de despedir a un banquero que bordaba el número. ¡Ah, que se puede convertir en un murciélago!”. Un patético revoloteo de gallina por respuesta. Drácula está viejo y deslucido, demasiado manoseado por los amantes de los mitos. “No tiene acomodo como artista, pero puede anunciar nuestra comedia sobre Nosferatu. Junto a los urinarios góticos, en el vestíbulo del teatro, Drácula sostiene un cestillo con los programas. Le han maquillado de muerto, su aspecto natural no resultaba convincente.

Gran enciclopedia del panegírico



Soy asiduo visitante de bautizos y entierros. Las bodas no me motivan, lo confieso. Intento dar testimonio de cuanto sucede a un hombre solo, y no hay mayor soledad que la de ese niño aún ciego y sordo a las promesas del futuro o ese difunto que yace lejano, ya indiferente a esos rostros afligidos que lo rodean. Tomo nota de lo que dicen los oradores, sus palabras se alzan hacia la bóveda del templo inconsistentes como globos de helio. Nacer y morir estimulan una oratoria sentimental, vacua y de efectos sorprendentes sobre el intelecto. He visto a padres temblar de felicidad imaginando que su criatura aplanaba la tierra, cortaba los árboles y colocaba las piedras para alzar una casa, ignorantes de que será de ceniza, como un amigo del difunto recordará muchos años más tarde, trémulo y compungido. Con la minuciosa eficacia de un notario registro cada palabra pronunciada. Estoy escribiendo un diccionario del panegírico, la loa, el encomio en estas celebraciones. Un monumento a la oratoria. Tras diez años de exhaustivo trabajo hoy quise revisar mis notas. El cuaderno estaba en blanco. Ninguna esperanza vertida en los bautizos, ninguna alabanza dicha sobre el difunto fue respetada por el tiempo.

La culpa es de Newton



En aquel cantón de queso emmental, donde los relojes de cucú anidan en los árboles, vivía un ballestero llamado Guillermo. Se hizo famoso en otro tiempo por atravesar con una flecha una manzana puesta sobre la cabeza de su hijo. Los hombres justifican su existencia con estos actos irrelevantes. 
Ducho en el arte de la puntería, se ejercitaba a diario con un cajón de manzanas. Certera, ninguna flecha dejó de partir en dos el fruto del Paraíso. Murió una noche, asaltado por un grupo de bandidos. Fallaron sus flechas. Ninguno llevaba una manzana.

Celos


Todos los días se repite la escena. Cuando se sosiega nuestra pasión él se queda en la cama y yo voy al cuarto de baño. Entonces aparece ella. Se para frente a mí, desafiante. Si me retoco el carmín de los labios, ella también toma su lápiz labial; coge su peine cuando me peino, me examina con precisión de entomólogo. Su ropa es igual a la mía, incluso en su desnudez trata de parecerse. Se ha pintado un lunar sobre el pecho izquierdo, pero se equivoca, el mío es en el seno derecho. Está más delgada, avejentada por culpa de los celos. Y aunque usa mi mismo maquillaje, copia mi pintura de labios, se peina igual que yo, es, sin embargo, muy diferente, hay sarcasmo en sus ojos. En ocasiones he notado su odio como una garra en el cuello. Sé que quiere ocupar el hueco que dejo en la cama, que lo quiere a él, y está pensando matarme. No lo conseguirá. He colocado una pistola en su sien. En unos instantes me habré librado de ella.

La 4ª muerte de Casimiro Ventura



LA CUARTA MUERTE DE CASIMIRO VENTURA
© Eduardo de Benito

Me llamo Casimiro Ventura. Soy corcovado. No un corcovado más, soy especialmente diminuto. ¡Un enano!, diría yo. Así me hizo Dios, o el vicio de mis padres que eran primos hermanos, vaya usted a saber. Paso el día encerrado en casa. Mi paisaje es el cielorraso con manchas de humedad y las tejas del edificio contiguo, donde los gatos pelean y se emparejan. Todas las noches les pongo un plato con leche. Estoy solo, no tengo mujer que me grite ni gato que me maúlle. Me he resignado. Por las noches trabajo en un “7 Eleven”, eso me permite llevar a casa diarios y revistas con los que aprendo a escribir. Soy feliz al imaginar historias, ese es mi paraíso. Aquella mujer vio tras el mostrador un monstruoso insecto. Descansaba sobre su espalda dura, y en forma de caparazón. Llamó airada al encargado, pero nadie acudió. Reprimiendo un gesto de asco lo aplastó con la revista que acaba de comprar. Esa noche los gatos se pasaron toda la noche maullando, en Praga se habían acabado las botellas de leche.